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ComprarCien años antes de que los godos se asentaran en Hispania a comienzos del siglo VI, el emperador de Rávena les encomendó el orden público en las provincias galas situadas al sur del río Loira.Cuando, en los años ochenta del pasado siglo, Ana María Jiménez Garnica despertó su interés por este pueblo, se aceptaba que, entonces, los godos habían dado vida a un reino autónomo, casi independiente, que se llamó de Tolosa por analogía con el posterior de Toledo. Este libro plantea una visión renovada, fruto de la relectura exhaustiva de las fuentes antiguas y de la contextualización de los godos de Occidente en el mismo marco compartido por otras gentes, que, como ellos, procedían del exterior del Imperio Romano. Y rechaza la visión tradicional que percibía la realidad histórica del siglo V con exceso de romanticismo nacionalista. Durante el siglo largo en que los godos vivieron estables en la Galia, algunos de sus jefes hicieron carrera militar, ascendieron socialmente y adaptaron sus valores tradicionales a los de las élites provinciales; de manera que la segunda generación, ya criada allí, pudo compartir con ellas las funciones administrativas, hasta el punto de que el lejano emperador de Bizancio, en el año 480, prefirió delegar en ellos su representación oficial. Sólo entonces se abrió realmente la nueva etapa de los reinos autónomos, a los que únicamente francos y visigodos lograron dar continuidad.











